Mi mejor amiga y yo vamos a una boda,
pero la verdad asistimos porque ya se acabó el trimestre. Ella luce bella como
siempre y yo, con ayuda de ella, trato de verme bien. Conforme se acerca la
puesta de sol, nosotras llegamos al salón, y, sorpresivamente, nos encontramos
con los dos chicos de la cita anterior. Ellos se dirigen a nosotras, nos
saludan y nos invitan unas bebidas. Ellos toman la iniciativa de la charla y
del ligue, eso hace que la conversación se vuelva amena conforme va pasando el
tiempo.
En una de tantas
risas, mi amiga se aparte del grupo y me deja con él (el mismo chico que se
atrevió a besarme hace un par de semanas). Él continúa platicándome pero yo,
con tal incomodidad, trato de cortar la conversación. Sin saber cómo, él
empieza a agradarme. Su manera de hablar, de sonreír y su forma de tratarme
hacen que me “¿enamore?”. “No. ¿Cómo es que me pase esto?”. Mientras él sigue
hablándome, pienso en cómo alejarme de él para evitar lo peor, una visita a su
cama. Astutamente le digo que voy al baño para deshacerme de él. En el
momento que regreso del sanitario, veo a mi amiga… besándose con el otro chico.
Es ese el momento que siento que mi mundo se viene abajo, como si un balde de
agua fría me cayera encima.
—¿Todo está bien? —me
dice mi acompañante cuando me toca el hombro.
—Sí —tristemente
le digo.
—¿Segura? —me
dice mientras me sonríe, pero no cualquier sonrisa, sino que con una muy
especial con la cual me saca a bailar.
Después de bailar, él
me dice que va tocar en vivo pero que alguien le había dicho que yo toco el
piano, así que me invita a tocar con él y su banda.
De una triste noche
él la convierte en una de las mejores, porque con el baile, la música y la plática,
y uno que otro trago, él me besa y me propone ser su novia.
