—Acompáñame.
Necesito ir al banco —me dice mi mejor amiga cuando cruzamos una de tantas
calles que tiene Chapultepec.
Al llegar, noto que el lugar es de prestigio, ya que tiene una incomparable
infraestructura, un interior espacioso, un estacionamiento lleno de autos caros
y unos clientes con buena condición económica. Nada más falta ver a alguien
famoso por aquí. Por otro lado, la fila no es nada corta y hace que se aburra
cualquiera que esté formado, como en nuestro caso.
Por fin llegamos a la caja; sin embargo, el momento
de felicidad no dura mucho porque es interrumpido por tres objetos que rompen unas
cuantas ventanas. La gente se ve aturdida por el gas que empieza a salir. En
seguida, un fuerte ruido se hace presente en la puerta principal y entre el
humo salen seis hombres con sendas pasamontañas que les cubre el rostro. La
tensión aumenta con cada paso que dan los asaltantes. De repente, se oye un
agudo sonido que sale de un M4 Carbine. El
terrible disparo altera a todos y más a una señora (para no ofenderla digamos
que tiene un ligero descuido de peso) que atrae la atención de uno de ellos. Por
desgracia para ella, él la golpea brutalmente a tal grado que la deja casi
inconsciente. Veo a los demás rehenes asustados, algunos en el piso, unos cuantos
llorando y otros deseando no estar ahí.
Enseguida un séptimo delincuente aparece, se quita
el pasamontañas y empieza a agredir a la cajera. A mí me parece reconocerlo de
algún otro lado. Sí es él. Es el actor que sale de galán en la telenovela de las
nueve. Pero, ¡qué raro verlo hacer esto! Creo que la crisis sí está muy fuerte,
porque hasta él llega a estos extremos.
En un instante, veo al galancito tomar bruscamente
del cuello a mi amiga para convencer a la cajera que le dé el dinero más
rápidamente. La señorita acepta su demanda, pero mi amiga se resiste y muerde
la mano del delincuente. Él, sin pensarlo, la avienta al suelo y… le dispara.
¡No…! ¡Qué dolor! Esto es un sentimiento terrible e
indescriptible que siento cuando veo la sangre de ella derramarse por el piso.
No puedo moverme. No sé cómo reaccionar con este hueco que ha surgido en mi
pecho. Las lágrimas brotan inevitablemente de mis ojos. Solo pienso en el porqué
de esto.
—¡Esto le pasa al que quiere pasarse de
listo! —grita uno de los asaltantes con voz intimidante mientras sus compañeros
terminar de saquear el lugar.
Después del trágico momento, los
asaltantes se van sin ningún resentimiento y yo voy a abrazar a mi amiga. Hay
un silencio increíble y, sin aviso previo, se oye desde el fondo un ¡Corte!
Mi amiga se levanta, se limpia la sangre y se acerca
a mí.
—¿Qué te pareció la escena?
Todo el drama anterior forma parte de una película
que está produciendo el papá de mi amiga y él nos permitió participar en esta.
Al final, cuando estamos a punto de salir, un
muchacho se acerca y nos dice que somos buenas actrices, sobre todo yo, que sí
me dejé llevar por el momento. En ese instante, a mi amiga le llega un mensaje
que le informa sobre una fiesta para celebrar el fin de trimestre. Despidiendo
al joven, ella me mira para darme a entender que sí iríamos. Tal vez ese sería
el momento indicado para decirle lo que siento por ella.
